Siempre pensé que mi habitación es un reflejo de mi cabeza. (Cristina Martín Márquez)

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Siempre que alguien entra por primera vez se asombra, o exalta, o se sobrecoge, no lo sé. Todas las paredes están cubiertas de pegatinas, folletos, fotos, en fin, recuerdos que, aunque nunca les presto atención, ahí están. Y tengo que decir que todo es un caos.
Hace tiempo que la estantería coge polvo, además que ya no cabe ni una sola alma de papel más, en forma de novela o poemario, y descansa al lado una caja llena de libros viejos, esperando a ser leídos o devueltos, ya se verá.
Hará unas dos semanas que decidí poner una sábana en la ventana a modo de cortina. Antes, el gran ventanal estaba abierto, podía mirar a la calle, enterarme de todo, pero también podían mirar mi habitación, mi mente, por eso decidí taparlo, y así desconectar de la realidad. Salvo en una esquina, donde la sábana no llega a tapar, por donde entra luz, y puedo mirar al exterior.
También cada cierto tiempo me gusta mover los muebles de sitio, no acostumbrarme, cambiar, que todo aquí dentro de vueltas, aunque nunca me desoriente, pero sí a los demás.
El techo sigue pintado de azul con nubecitas, como cuando lo pintaron hace nueve años. Quizá debería cambiarlo, madurar, cambiar de habitación, aunque todavía no lo tengo claro.

Cristina Martín Márquez
IES Almoraima (Castellar de la Frontera)

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