Línea B68. Un texto de M. Carmen Orcero

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Le parece que la ciudad tiene un tinte gris y que el cielo ha firmado decreto de tormenta.

Los edificios no son más que rectángulos pardos que hacen sombra a las manecillas de su reloj. En él comprueba que todavía le toca esperar un buen rato, así que se afana en sacar del bolso los auriculares y en pulsar los números que bloquean la pantalla del móvil. «Uno, dos, tres, cuatro», piensa, de forma inconsciente.

Un segundo más tarde, el teléfono le lanza a la cara los últimos mensajes. Antes que nada se asegura de que no haya ninguno de él sin contestar. Después mira el de Teresa: «Necesito que mañana vengas temprano», ha escrito. «Se me ha olvidado decirte que tienes que empezar la limpieza grande de la cocina».

Responde «ok» de forma escueta y siente una punzada de dolor en los riñones como anuncio de futuro. 

Le llama la atención la luz de la tarde. Parece tener un toque mágico, como si estuviera dentro de un cuento a punto de empezar. Observa la acera que ahora es un río de gente acelerando el paso para evitar la lluvia. Un taxi frena a su lado y los pasajeros se bajan.

«No voy a volver a repetirlo» escucha decir a una chica que pasa, antes de que Malú borre los sonidos con una balada rítmica. Entonces se fija en un local ubicado en la calle de enfrente.

El interior debe ser un espacio bastante grande, pues el escaparate ocupa un gran trozo de la pared. Desde donde ella está no puede ver nada de lo que hay expuesto dentro, sólo el dibujo gris que forman en él la silueta de los que pasan. Tiene la extraña sensación de que es un espejo que dobla la realidad. Le gusta.

Se entretiene mirando el duplicado transparente que dejan en él las personas y le resulta curioso ver el otro lado de sus caras, la zona oculta de la luna. A veces, incluso, cuando dos cuerpos se cruzan, la magia produce el efecto de superponerlos, de hacer que uno entre en el otro. Percibe algo íntimo en la mezcla que de pronto la sonroja, como si estuviera observando a los vecinos a través de una mirilla. Se imagina siendo el único testigo del abrazo de dos desconocidos que nunca más volverán a verse.

—Perdona, ¿llevas esperando mucho tiempo?

Tiene que quitarse un auricular y pide a la mujer que le repita la pregunta. Pero lo devuelve a su sitio con ademanes rápidos. Está segura de que si no lo hace la señora querrá entablar con ella una conversación absurda.

Pasa un hombre alto. Proyectada en el vidrio puede ver de forma velada una cicatriz que le perfila la cara. Desde el ángulo en el que ella lo mira no le vale de nada el sombrero con el que pretende disimularla. «El interior y sus heridas», piensa, siguiéndolo con la vista hasta que dobla la esquina. Se acaricia sin pensar su propia cicatriz oculta y nota un dolor antiguo en la boca del estómago.

Luego le toca el turno a una niña. La chiquilla se para en el centro del escaparate y hace equilibrios sobre las punteras de los pies para escudriñar lo que hay dentro. Su otro yo crece reptando por el cristal y se convierte en mujer al instante.

«Ya tenemos aquí el agua», comenta la señora que se acerca cada vez más. Pero ella tiene los ojos casi cerrados. Hace como si necesitara concentrarse en la música, y se mira las manos. Las ve crecer como el cuerpo de la niña, que se ha perdido calle arriba, jugando a pisar las baldosas rayadas.

Los protagonistas se van sucediendo: la sombra de una señora gruesa se besa sin saberlo con un jovencito que llega de prisa por el lado izquierdo. Una monja entra en contacto carnal con el ejecutivo que no la mira cuando la adelanta. Dos chicos ajustan el paso para cargar a medias una cómoda. Antes de entrar en el portal dejan sensación de ataúd dibujado en el espejo y a ella el frío le recorre la piel.

Vuelve a mirar los mensajes.

Él no ha escrito nada.

No le gustan las premoniciones.  

De pronto, la lluvia comienza a golpear el suelo con un ruido acompasado y el reflejo de los cuerpos transparentes parecen correr uno al encuentro del otro. El ritmo de la calle y de la respiración se le acelera. En ese momento las formas se proyectan de forma retorcida, como los modelos de un cuadro abstracto. Los paraguas dibujan una cúpula bajo la que las caras ya no se ven. Son solo hombros y cuellos anónimos refugiados en una especie de seta gigante que lo cubre todo.

—Menos mal que soy previsora. Mi marido decía que no iba a llover hoy —dice la mujer blandiendo un impermeable arrugado, mientras Carrasco deja paso a Alborán en sus oídos.

«Nadie puede detener lo inevitable, señora», contesta para sí misma, sustituyendo las palabras por una sonrisa dedicada.

En ese momento, un sonido hidráulico detiene en seco su respiración interponiéndose entre ella y el mundo. El autobús para tan cerca que levanta el agua que ha ido formando un charco junto a sus pies. La enorme mole tapa para siempre el escaparate y a aquella fiesta de imágenes en la que se iban cerrando nuevamente los paraguas.

Hay una breve fracción de tiempo en que duda y siente la tentación de quedarse allí. Le gusta el mundo que está construyendo con los fantasmas que nadie más que ella ve. Pero sabe que no puede. Comprende que tiene que volver a casa, aunque la idea le produce arcadas.

 Línea B68, comprueba en la parte delantera. Bajo las letras, el conductor la mira a través de la luna como si fuera él también uno de sus personajes ficticios. Ve a la señora pesada adelantarla de un salto y subirse al vehículo sin esperar el turno.

Entra despacio e introduce la tarjeta. El hombre le dedica un gesto cómplice señalando a la señora que no para de hablar. Después se sienta y pega la cara a la ventana con gesto de abatimiento.

El autobús se pone en marcha y ella vuelve la cabeza hacia el escaparate donde la vida sigue aunque nadie la observe. No consigue distinguir nada. Un autobús la devuelve al lugar donde no existen los cuentos.


Una breve Bio de M. Carmen Orcero


De San Fernando, Cádiz. Lda. en Historia. Escribo desde que recuerdo.

 

  • Autora de las novelas: A la sombra de los Tamarindos. Editorial Vitela, 2013. El suave olor de las magnolias. Sevilla. Ediciones en Huida, 2014 y Un titular para un crimen. Sevilla. Ediciones en Huida, 2016.
  • Colaboradora en revistas culturales impresas:

La Informal, Ámbito, El Ático de los gatos, Relatos sin contrato.

  • Colaboradora puntual en la revista digital MagazineCrew o periódicos como El castillo de San Fernando o La cuestión.
  • Premios de narrativa en relato y microrrelatos en varios certámenes (Andrés Gutiérrez de Cerezo, Fundación de la mujer de San Fernando, Clara Campoamor, I Certamen de microrrelatos de Andalucía…)
  • Miembro de la Tertulia Literaria Rayuela, Grupo Ámbito de Artes y Humanidades, Club de Letras de la Universidad de Cádiz.
  • Participa como miembro de jurado de varios certámenes literarios de distintas entidades de la provincia de Cádiz a lo largo del año.
  • Alumna del Curso de Escritura Narrativa (novela) que imparte la escritora María Alcantarilla en la Universidad de Cádiz.
  • Publicación variada de monográficos, artículos, catálogos de exposiciones, etc. relacionadas con su profesión de historiadora. Matarile: Sumérgete en la arqueología subacuática.2009

Cañailla de oro 1963-2002: historia de la Agrupación Fotográfica Isleña. 2015

 

M. Carmen Orcero.