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REVISTA CULTURAL BLANCO SOBRE NEGRO


                                                                            

 

Cristina Flores Pescorán, Bailes con el sol y la luna (detalle), tejido con hilo de cobre y algodón nativo, 106 x 38 x 24 cm, 2026 (Arte Migrante)
Cristina Flores Pescorán, Bailes con el sol y la luna (detalle), tejido con hilo de cobre y algodón nativo, 106 x 38 x 24 cm, 2026 (Arte Migrante)
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Impactante mirada al arte migrante en Enyoar y Ukupi

  • Dos exposiciones exploran sanación, memoria y migración desde la materia, el cuerpo y el territorio.

Arte migrante y nuevas formas de sanación

El arte migrante se vuelve un punto de partida fundamental para comprender dos exposiciones que, aunque desarrolladas desde contextos distintos, dialogan profundamente sobre cuerpo, memoria y desplazamiento. Enyoar, de Cristina Flores Pescorán, y Ukupi, de Patricio Morocho, coinciden entre abril y junio de 2026 como miradas complementarias sobre cómo el tránsito geográfico, emocional y material transforma la creación artística.

Cristina Flores Pescorán regresa al Perú después de más de tres años sin una muestra individual en su país. Durante este tiempo, su vida y práctica se trasladaron a los Países Bajos, como parte del programa de la Jan van Eyck Academie, donde expandió su obra hacia escalas monumentales y materiales nuevos como metal, madera y cerámica. Su trabajo ha recorrido cuatro continentes y participado en seis bienales, enlazando poesía, tejido y performance en un proceso cada vez más expansivo.

Enyoar y el giro hacia el goce en tiempos de incertidumbre

Su última muestra en el Perú, Las predicciones (ICPNA, 2022), abordó abiertamente su vivencia con el cáncer y la búsqueda de lenguajes alternativos para comprender el propio cuerpo, especialmente durante los años en los que la medicina no ofrecía respuestas. Allí recurrió al textil y a técnicas Chancay como acto de sanación, tiñendo hilos con plantas medicinales y generando sustitutos simbólicos de sus órganos mediante el tejido.

En Enyoar, en cambio, la artista se desplaza desde el dolor hacia el placer. La exposición reúne acuarelas, piezas textiles y esculturas de cobre y algodón teñido con maíz morado, índigo y semilla de palta. Las obras presentan cuerpos germinando, conectados por la circularidad, una forma que la artista explora desde hace años para vincular lo microscópico con lo cósmico. Aquí, el círculo es una herramienta de observación y predicción, un portal que invita a leer los ciclos vitales.

La palabra que da título a la muestra proviene de un neologismo familiar creado por su madre, radicada en Estados Unidos desde 2002. Enyoar mezcla el sonido de enjoy con la estructura “en/yo/ar”, evocando tanto la búsqueda de un lenguaje propio como la idea de habitarse a una misma. Desde esa doble raíz, la artista despliega autorretratos acompañados por su madre, su hermana y las energías que conectan los sistemas del cuerpo.

Las esculturas circulares, ensambladas como órganos autónomos, fueron realizadas en movimiento: trenes, aviones, parques y restaurantes. La migración aparece no solo como tema, sino como condición material del proceso creativo. En conjunto, las piezas proponen una reflexión sobre el presente, el disfrute y la multiplicidad de versiones que conforman a una persona.

ukupi arte migrante Patricio Morocho

Patricio Morocho, 1194 Randall Avenue, 2025, 21.5 x 23 cm

Ukupi y la demolición como gesto de cuidado

Mientras Enyoar mira hacia la sanación desde el interior, Ukupi, del artista ecuatoriano-neoyorquino Patricio Morocho, examina la demolición como práctica donde la destrucción y el cuidado coexisten. Su nueva serie parte de la experiencia familiar: generaciones dedicadas a la demolición de edificios en Manhattan desde su llegada desde la región ecuatoriana de Azuay en los años noventa.

Morocho, que también ha trabajado en ese oficio, entiende la demolición como un acto colectivo que sostiene a una familia, pero también como un trabajo riesgoso que afecta cuerpo y territorio. En Ukupi, cada pieza funciona como un molde construido con materiales encontrados en obras de demolición en Nueva York, sobre los que aplica capas de pintura e inserta escenas íntimas del hogar.

Materiales, mitos y escombros como memoria viva

El artista explora la carga simbólica de lo que recoge en Lenapehoking —Nueva York—, desde plantas hasta residuos industriales, construyendo una mitología sincrética de la migración urbana. Uno de sus referentes es un mito romano sobre la caída de Cartago, donde higos frescos enviados a Roma demostraban su cercanía y justificaban su destrucción. Morocho reinterpreta el higo como símbolo de colapso, pero también como un gesto doméstico: sus obras muestran a su familia descansando y comiendo la fruta en un territorio hostil.

Desde una visión andina y diaspórica, el artista trabaja desde el concepto Kichwa-Kañari uku, que alude al mundo interior y a la parte oculta pero esencial de un textil. Ukupi —trabajar dentro del uku— expresa la importancia de los soportes invisibles y de lo íntimo como estructura de resistencia. Por eso, en sus obras incorpora papeles y telas del Bronx, transformando los restos urbanos en cuerpos cargados de memoria espiritual.

En la pieza 1194 Randall Avenue (2025), la madre del artista aparece descansando y comiendo higos, como un gesto de pausa frente a la ciudad acelerada. En la obra se estrechan las distancias entre Cartago y Roma, entre Azuay y Nueva York, entre el derrumbe y el hogar.