Donde la vida nos lleva, publicado por la editorial Paradiso en 2020, reúne trece relatos a lo largo de sus 168 páginas. Su autor, José Salem —nacido en Buenos Aires, abogado de profesión y actualmente residente en Francia—, ha escrito además novela y poesía.
El propósito de esta reseña es dar cuenta de las impresiones que la lectura deja tras recorrer el libro en su totalidad, así como de las asociaciones que suscita con otras tradiciones narrativas. En ese sentido, la atmósfera de algunos relatos evoca la densidad de los pequeños pueblos que pueblan la obra de Gabriel García Márquez, donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan bajo la lógica de un destino que parece escrito de antemano. También se percibe cierta afinidad con el entramado de casualidades, azar y fatalidad característico de Paul Auster, en cuyos textos los acontecimientos se encadenan hasta desembocar en desenlaces tan inevitables como reveladores.
En Donde la vida nos lleva, el motor narrativo suele residir en el encadenamiento de sucesos que conducen, con frecuencia, a un desenlace fatal o resignado. Los secretos familiares, los bares como escenarios recurrentes, los sueños, el amor y la enfermedad configuran un universo donde la fragilidad humana se convierte en materia literaria. Allí donde comúnmente habría preguntas, la narrativa de Salem construye respuestas; y donde coexisten la incertidumbre y el desencuentro, emerge un último suspiro que, lejos de la derrota, asume su condición con una serenidad que roza la victoria moral. El reposo que sigue a la revelación deja un regusto agridulce: entre tantas muertes, late obstinadamente la vida.

Relatos como “Un nudo en la garganta”, “El último segundo” y “Feliz cumpleaños” evidencian esa resignación entendida no como claudicación, sino como forma de sabiduría. En “Un buen tipo”, el núcleo de la trama se concentra en la desnuda espera de un diagnóstico médico. Es como si el protagonista escuchara la palpitación de un reloj que parece girar hacia atrás, como si buscara recuperar, en la mirada materna, la esencia perdida de su mismidad. Temor y nostalgia avanzan de la mano por un sendero a la vez luminoso y pedregoso.
En “Solo una palabra”, una mujer muere de manera insólita, ahogada en sus propias lágrimas: metáfora extrema de una sensibilidad llevada al límite. Salem parece ensayar aquí una suerte de belle mort, en la que sus protagonistas claudican no desde la derrota, sino desde una actitud cercana al indulto o la aceptación final.
En “El alma de las cosas” se construye a partir del regreso y de la carga simbólica de los objetos: una puerta, un libro, un escritorio, fotografías, una piedra, confesiones manuscritas. Los objetos funcionan como médiums que habilitan un tránsito pavoroso hacia el pasado. No hay espacio para el equívoco, sino para el sopor que producen los recuerdos, esos preludios cubiertos por el polvo de una conciencia enmarañada. La memoria, anegada pero digna, parece burlarse del destino con la mayor entereza posible.
En definitiva, Donde la vida nos lleva se presenta como una confirmación más que como una interrogación. No propone certezas absolutas ni cae en la desesperación; lo agónico se traduce en el lenguaje de la añoranza y la nostalgia, en una convivencia inevitable con la violencia y los secretos. La grandeza de estas narraciones reside en la coexistencia de tonalidades emocionales diversas y en su capacidad para conmover al lector, quien termina habitando esas historias como si fueran propias.



