Imágenes Carlos H. Ramos
La 10ª edición de FIMAF ha dejado algo claro este fin de semana: la moda flamenca no está estancada, pero tampoco está dispuesta a romper con todo. Vive un momento delicado y fértil a la vez. Un punto de inflexión donde tradición e innovación no compiten, sino que negocian. Y esa negociación – a veces cómoda, a veces tensa – es precisamente lo que mantiene viva a la flamenca.
Volver al origen para avanzar

Colección Raigales por Pedro López (Fotografía por Carlos H. Ramos)
Hay una mirada común hacia la raíz.
Pedro López lo expresó con claridad: volver a aquellas gitanas que vestían el traje para trabajar y desde ahí evolucionar. Su búsqueda de una identidad reconocible, de prendas con firma propia, habla de una industria que ya no solo quiere vender, quiere autoría.
En esta defensa de la esencia también se sitúan Rocío Montserrat, fiel a los lunares, al escote en pico y a la manga con carácter, introduciendo la tendencia en el color y los volúmenes sin traicionar su ADN; o Susana Zamora, que adapta organdíes y volantes en pico sin abandonar la línea clásica. A su lado, Ana Lanas equilibra el metacrilato con formas que dialogan con el traje tradicional, mientras Rocío (Perdiendo el Hilo) rescata el crochet y el ganchillo para demostrar que lo artesanal puede ser actual.


También Ángel Barrera defiende esa firmeza: “Es verdad que intentan hacer versiones más básicas, pero no, esto se tiene que permitir y tiene que ser lo que es, no se puede hacer algo inferior porque no lo podemos permitir.”
La generación que empuja
Pero si algo se respiró en FIMAF fue la necesidad de avanzar.
El joven Samuel Reyes recordó que el traje de flamenca es el único traje regional que evoluciona con la moda, y ahí reside su grandeza: puede absorber tendencias sin perder la raíz andaluza que lo sostiene.

Más directo fue Raúl Doña, que cuestiona el miedo a innovar dentro de un sector tan tradicional. Su colección Saudade, nacida de una experiencia personal de duelo, demuestra que la flamenca también puede ser narrativa, conceptual y emocional.

Desde otra perspectiva, Antonio Gutiérrez entiende que, más allá del traje regional, hablamos de moda con visión global. Y en esa suma – moda y tradición – está el equilibrio.

José Perea, por su parte, reivindica el disfrute como motor creativo: coser, mezclar colores, dejarse llevar por referentes como Julio Romero de Torres y convertir la flamenca en alegría, fleco y movimiento.

Mujer, emoción y proyección
La flamenca sigue siendo un símbolo poderoso de feminidad y carácter.
Teressa Ninu la imagina feliz, empoderada y majestuosa.
Rocío Montserrat dedica su colección a quienes la sostienen cada día.
El equipo de Susana Zamora convirtió su desfile en un “Latido” (nombre de la colección), casi un acto íntimo y compartido.
Al mismo tiempo, el sector es cada vez más consciente de su proyección internacional. Pedro López señalaba cómo casas como Dior han encontrado inspiración en códigos flamencos, impulsando su proyección internacional.
Desde Flamencoco, Elena plantea una flamenca más ligera, ponible y pensada para espacios reales de feria, conectando con generaciones jóvenes sin renunciar al clavel como emblema.

FIMAF confirma que la moda flamenca vive un buen momento creativo, pero también que el debate sigue abierto. Hay diseñadores que reclaman innovación sin miedo y otros que protegen la pureza con firmeza. Esa tensión es sana. Lo peligroso sería la indiferencia.
El volante evoluciona. A veces con prudencia, a veces con valentía. Pero lo importante es que sigue girando. Y mientras haya diseñadores que lo cuestionen, lo respeten y lo reinventen desde el cariño – como se ha visto este fin de semana – la moda flamenca no perderá su compás.



