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Ensayo Bienal de Flamenco (F) Laura León
Ensayo Bienal de Flamenco (F) Laura León
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La luna que cerca el flamenco: cien años después

  • Patricia Guerrero y Andrés Marín revelan un adelanto de la Gala de la Bienal en la Maestranza

Hace cien años, cuando la voz de Antonio Chacón elevó la granaína a la categoría de arte de concierto, nadie imaginaba que ese mismo latido volvería a escucharse un siglo después bajo el cielo abierto de una plaza de toros. Ese es el prodigio que propone «El mundo por montera»: convocar el fantasma luminoso de la Bienal de Flamenco de 1926 y devolverlo, transformado, a un escenario colectivo. La pregunta que sobrevuela la propuesta no es tanto qué ocurrió entonces, sino qué queda de aquello en las gargantas de hoy.

La Bienal de Flamenco de Sevilla ha presentado esta semana, en la sede del Ballet Flamenco de Andalucía, un adelanto de la Gala con la que arrancará su vigésimo cuarta edición el 10 de septiembre en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería. El fragmento mostrado, «El cerco y la luna», reunió sobre el escenario a Patricia Guerrero y Andrés Marín, artífices de una pieza que condensa la tensión entre pasado y presente de todo el espectáculo.

Un siglo que vuelve a sonar

Conviene detenerse en la efeméride que justifica esta celebración. En 1926 convergieron varios hitos que cambiarían el curso del flamenco: Pepe Marchena se incorporó a los circuitos de la Ópera Flamenca, Manuel Vallejo obtuvo la segunda Llave de Oro al Cante, y la industria discográfica dio el salto hacia la grabación eléctrica. Fue también la época en que Chacón y Manuel Torre, maestros de una generación sin registro sonoro propio, tendieron puentes hacia La Niña de los Peines, Pepe Pinto o Ramón Montoya.

La dirección artística de Andrés Marín y Luis Ybarra ha optado por no reconstruir literalmente aquella época, sino por dialogar con ella desde una mirada contemporánea. El elenco ilustra ese cruce generacional: junto a José Mercé y José de la Tomasa, aparecen Martirio, Arcángel, La Tremendita, y voces jóvenes como Ángeles Toledano y El Perrete. A ellos se suma Manuel de la Tomasa, que porta en el apellido la herencia directa de Manuel Torre y Manuel Vallejo.

La instrumentación como declaración de intenciones

Uno de los aciertos más sutiles de «El cerco y la luna» reside en su instrumentación. El título procede de una copla breve —dos versos que hablan del halo lunar como presagio de desgracia— y Marín ha elegido la granaína y media, un cante capaz de sostener el silencio dentro del propio sonido. La paradoja resulta reveladora: el saxofón, símbolo del bullicio de la Ópera Flamenca, se pliega a la introspección de uno de los palos más hondos del repertorio, acompañado por las guitarras de José Luis Medina y Jesús Rodríguez.

«Invito al público a que se deje sorprender por la mirada flamenca, contemporánea y actual de un patrimonio histórico: el flamenco en los años 20 a los ojos de hoy», ha señalado Luis Ybarra.

Nueve pasajes para un mismo centenario

La Gala se articula en nueve pasajes. Abre con una batalla de saxofones que evoca el eco de Pastora Pavón, seguida de un bloque de caña, bambera y cantiñas emparentado con la Generación del 27. Continúa con el homenaje al centenario de la Llave de Oro de Vallejo, atraviesa la petenera de La Tremendita y las idas y vueltas de Arcángel, y se detiene en el guiño de Martirio a los cuplés de la Ópera Flamenca.

El recorrido se recoge en la soleá de José de la Tomasa, vinculada a la Alameda de Hércules, y en la seguiriya de José Mercé, para cerrarse con una romería de fandangos: el palo que el Concurso de Granada de 1922 prohibió por folclórico y que, cien años después, se erige como fiesta final.

Dos trayectorias que se cruzan sobre el ruedo

Patricia Guerrero dirige desde 2023 el Ballet Flamenco de Andalucía, proyecto que en más de tres décadas ha sido cantera de bailaores hoy al frente de sus propias compañías, de Israel Galván a Rafaela Carrasco. Guerrero recibió el Premio Nacional de Danza en 2021 por su capacidad de incorporar, desde la raíz más flamenca, nuevas formas y estéticas.

Andrés Marín, por su parte, acumula un Premio Nacional de Danza y el Giraldillo al Baile de la propia Bienal. Su forma de entender el movimiento, depurada hasta el gesto mínimo, ha marcado la vanguardia flamenca de las dos últimas décadas. La coincidencia de ambas trayectorias representa el encuentro entre generaciones que vertebra la Gala.

El ruedo como escenario de masas

Con esta apuesta, la Bienal incorpora la Plaza de Toros de la Real Maestranza a sus escenarios, devolviendo al flamenco, un siglo después, el mismo espacio multitudinario que contribuyó a consagrarlo como espectáculo popular. Desde ese ruedo arrancará, el 10 de septiembre, una XXIV edición que se extenderá hasta el 3 de octubre por once espacios de la ciudad.

La programación paralela «Otras Perlas» suma la exposición inmersiva «Sinestesia», de Asunción Demartos, que explora la convergencia entre percepción sinestésica y flamenco como estructura generadora de emoción, traduciendo los palos a color, gesto y materia. Podrá visitarse hasta el 30 de septiembre en el Centro ODS de la Fundación MAS.

Cien años después de que Chacón sostuviera el aliento entero de un tercio de granaína, la pregunta que planteaba aquella generación sigue vigente: cómo llevar la intimidad del cante a los espacios más grandes sin perder su hondura. «El mundo por montera» no pretende responderla del todo. Prefiere dejarla resonar bajo la luna de la Maestranza, una noche más.