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Gustavo Adolfo Becquer Cementerio
Gustavo Adolfo Becquer Cementerio
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¡Qué solos se quedan los muertos!

  • El último regreso del poeta al Panteón de los Sevillanos Ilustres

Si pensáramos que la vida se extingue después del estertor, que la última morada será la que cobije nuestra infinita eternidad, que no existe más que ceniza y polvo, entonces, el camposanto sería, más que lugar de descanso, reino de desolación y muerte.

“¡Qué solos se quedan los muertos!”. En una soledad de eternidad, escribía Bécquer.

Hasta mediados del Siglo XIX los restos mortales se depositaban en las iglesias. Eran la puerta por la que entrar y salir de la vida.

Desde el Bautismo a la muerte, aunque, el exceso de mortandad a causa de las epidemias obligó a enterrar bajo una cruz protectora en muchas plazas.

“¡Qué solos se quedan los muertos!”, musitaba el artista mientras paseaba por la ciudad de sus añoradas musas, saliendo desde la Puerta de la Macarena, lugar por donde entraban a la ciudad los reyes desde los caminos del Norte. Buscaba la soledad del camino en dirección al Monasterio de San Jerónimo.

El 1 de Enero de 1853 el cementerio de San Fernando era depositario de los primeros cuerpos. Difuntos causados por las tropas de la República Francesa durante la invasión napoleónica y los muertos en la guerra de África contra el sultán de Marruecos.

Dejando atrás la Venta de los Gatos, donde puso a volar la pluma, Gustavo Adolfo Bécquer, caminaba a lo largo del río Betis buscando musas y ánimas, haciendo una parada obligada en el cruceiro de San Lázaro junto al hospital, fundado tras la Reconquista por el rey Fernando III, El Santo. El más antiguo de la ciudad.

Justificando la cercanía se construye el camposanto. Debió ser lugar de inspiración este recorrido del poeta a lo largo de la ribera del antiguo Betis, primitivo Tartessos.

El último viaje a la ciudad, tierra de su infancia, madre de sus musas, se produce en 1913. Cuarenta y tres años después de abandonar la vida en 1870 y dejarnos sus poesías, sus artículos, sus cuentos y leyendas, sus dibujos.

Regresaba a casa para siempre, junto a su hermano Valeriano, de la mano generosa de los escritores Joaquín y Serafín Álvarez Quintero y del historiador José Gestoso. Regresaban al hogar en un día lluvioso y torrencial, tanto como para guarecerlos en la Iglesia de San Vicente antes de recibir sepultura entre personas de renombre histórico en el Panteón de los Sevillanos Ilustres.

Gustavo hubiera querido dormir a orillas del río, junto al cauce que conduce hasta el Monasterio de San Jerónimo, en un lecho, bajo la sombra de un álamo, igual a los que en su tiempo había en la Alameda de Hércules de su infancia, ahora no queda de estos apenas más que el nombre. Hubiera querido dormir sepultado bajo una lápida de mármol blanco, acompañado por una cruz, buscando el cielo salvador.

“¿Vuelve el polvo al polvo?”.

“¿Vuelve el alma al cielo?”.

“¿Todo es vil materia, podredumbre y cieno?”.

“No sé, pero hay algo que explicar no puedo,

Repugnancia y duelo, al dejar tan tristes

Tan solos los muertos”.

(poema Gustavo A. Bécquer)

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