Era el número 48 de la fila. Ella lo sabía.
Esa era la única información que Lucía tenía entre sus manos para identificar a aquel hombre con el que estaba citada en la sala del cine. Ese hombre que le había insistido una y otra vez, sin éxito, para encontrarse con ella, durante los últimos meses del año anterior. Ambos, estaban unidos por una relación anónima, consistente en compartir, casi a diario, conversaciones telefónicas hasta la placidez de la madrugada. Siempre conversaciones largas, sin las prisas de la premura. Diálogos profundos, casi desde el principio, con los que fueron tejiendo lazos de complicidad no reconocida explícitamente debido a un único atisbo de incertidumbre: no saber de la existencia real del otro más que por el sonido que corría a través de los hilos de un teléfono. Aún así, entre ellos, iba agrandándose un no declarado sentimiento de interés mutuo.
Sin embargo, hasta entonces, a Lucia no se le había pasado por la cabeza la intención de aceptar una cita, a pesar de las varias propuestas de Juan. Hasta ese momento, ella, no había tenido el arrojo de desvelar o desvelarse, ni su aspecto ni su presencia, a quien ya supiera muchos de los recovecos de su alma.
A pesar de los intentos de aquel leal amigo por poner cara a aquella mujer soñada, soñada porque sólo la podía vislumbrar a través de los sueños, el color de sus ojos o su envergadura entre otra cualquiera de sus características físicas, soñada por materializarla desde un año atrás, hasta entonces, sin embargo, ella, huía de sus intenciones una y otra vez. Una y otra vez, mes tras mes, hasta ese momento elegido y concreto, elegido por ella, en ese tiempo en el que jamás tuvo mayor avidez por vivir y más interesada por descubrir el aspecto de Juan, pero, aún más, en materializar aquella alma con la que compartía mucho más que palabras.
Lucía entró en el cine aceptando la cita porque consideraba el encuentro como una cuestión de justicia para con quien, de verdad, la merecía. Pero, también, la aceptación era para satisfacer una necesidad propia en ese justo instante de su vida.
Avanzó desde el pasillo que dividía la sala en dos. Lo hizo con una firmeza olvidada que había decidido recuperar. Era tiempo de hacerlo. Desde la gran pantalla sobre la que se relataban historias miles, ella, contempló en una lontananza cinematográfica, el espacio que componía la sala. A un lado de la misma se agrupaban las butacas pares y en la otra, las impares. Ella oteó hasta el fondo para asegurarse de la ubicación de un desconocido a quien debía reconocer. Ahora sí, deseaba reconocerlo, y ser reconocida. Reconocerlo en su aspecto físico porque si a los dos los hubieran puesto en una habitación a oscuras, desnudos de almas, no hubieran tenido dudas en saber quién era cada cual. Ya eran viejos conocidos aún sin conocerse.
Se aproximó a las primeras filas para cerciorarse de donde podría quedar el número 48 de la fila correspondiente a sus asientos. Él debía ser el número 48. Debiera confirmarlo la placa metálica en el respaldo de la butaca. Después de una observación un tanto complicada por la lejanía y la escasez de su vista, calculó dónde podría situarse su esperante. Debía subir hasta casi el final.
Lucía subía por el pasillo que dividía las butacas pares e impares. Se preguntaba cómo sería el aspecto de quien la aguardaba. Comenzaba a adivinar. Empezaba a elucubrar lo que en pocos segundos habría de desvelar con sus propios ojos. Se aproximaba a los escalones que conducían hasta el fondo donde la esperaría Juan. Avanzaba, se preguntaba si él ya la habría reconocido. Estaba casi segura que sí. Estaba segura por el no disimulado interés que siempre había tenido por conocerla, por materializar aquella con quien compartía confidencias. Ella no estaba nerviosa por el encuentro, parecía tranquila, aunque un hormigueo le recorrió de los pies a la cabeza. Dejó de avanzar hasta la parte final. Sintió algo parecido a un bloqueo. No se descompuso. No se desmayó. No es que el cuerpo dejara de responderle. La paralizaron imágenes que invadieron su mente. Sin perder la conciencia de donde estaba recordó conversaciones de aquella relación, de aquella comunicación de a diario. La constancia de Juan había animado a Lucía durante meses. Sólo los horarios del trabajo de él imposibilitaron alguna vez la llamada.
La película terminó y no se encontraron.
El teléfono sonó a la misma hora de siempre. Ella descolgó el auricular y hubo un largo silencio precedido de una inesperada decepción. El tono de Juan exhalaba pesadumbre. Una pesadumbre que ella nunca había constatado en su voz. En esa relación que crecía entre los hilos del teléfono, jamás hubo un hilo de frialdad inesperada. Lucía no entendía el por qué Juan manifestaba una distancia desconocida, aunque no había perdido el interés por comunicarse con ella. Él reflejaba una decepción que Lucía no acababa de entender. Lucía había acudido a la cita, aunque no se encontraron.
Él esperó ilusionado en la fila 48, butaca 48. Entendía que ella no había acudido, aunque con la cita ella celebrara su 48 cumpleaños. En el bolsillo de su chaqueta llevaba una pequeña caja con una pulsera de plata como regalo para Lucía. La esperaba ilusionado, como un niño, aunque pensó que ella no había aparecido. Que jamás llegó. Sin embargo, sí que lo hizo, pero un error, una sonrisa equivocada, la condujo hasta la persona incorrecta, cuatro filas antes de donde debía encontrarse con Juan. Y es que las apariencias pocas veces tienen que ver con la verdad. El espejismo siempre oculta una mentira, un error.
Él supo de la equivocación mientras la escuchaba. Oyó la última confesión de Lucía. La que hasta entonces guardaba para sí. No la había desvelado ni aún a él hasta esa noche. Había acudido a la cita sacando sus últimas fuerzas para conocerlo. Cuarenta y ocho días antes un médico sentenciaba un plazo corto de vida. ÉL la escuchaba sin saber si aquella sería la última llamada. A las doce horas y cuarenta y ocho minutos de la madrugada, mientras aún permanecían unidos por el teléfono, Juan oyó un golpe seco y un gran silencio.
El gran silencio.
Lucía caía al suelo en el mismo lugar desde donde se encontraba cada noche con ese amigo fiel con quien compartió sus últimas madrugadas.
C.T.C
ABRIL 2021.(revisión 2026)
