¿Qué queda del mito griego cuando se le despoja de su túnica clásica y se le viste con el luto y el compás de un cortijo andaluz? Esa es la pregunta que sobrevuela Electra jonda, la obra de Juan Guerrero Zamora que Teatros del Canal recupera del 5 al 18 de septiembre bajo la dirección de Manuel Canseco, en una producción de la Comunidad de Madrid coproducida con el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.
Un mito que cambia de latitud sin perder su pulso
La propuesta parte de una operación tan sencilla en apariencia como arriesgada en su ejecución: trasladar la tragedia de Electra —el asesinato de Agamenón, la sed de venganza que consume a su hija, la espera desesperada del regreso de Orestes— desde la Grecia arcaica hasta la Andalucía profunda. Guerrero Zamora no reescribe el mito, lo reubica. Mantiene intactos los resortes esenciales de la tragedia clásica, pero los sitúa en un territorio donde el honor, la sangre y la venganza tienen un eco propio, reconocible, casi doméstico.
Es una operación que recuerda a la de otros dramaturgos que, a lo largo del siglo XX, buscaron en el sur de España un correlato emocional para las grandes tragedias mediterráneas. El resultado no es un ejercicio de folclore, sino una relectura que encuentra en el cortijo andaluz una caja de resonancia perfecta para un conflicto que, siglos después, sigue intacto en su capacidad de inquietar.
Cuando el cante sustituye al coro griego
Lo más singular de esta versión, sin embargo, no reside solo en el traslado geográfico, sino en la manera en que el flamenco se incorpora a la propia arquitectura dramática de la pieza. El coro trágico, tradicionalmente reservado a la palabra y al movimiento coral, aquí se transforma en cuerpo de baile a través de Ibérica de Danza. La figura de Casandra —presencia premonitoria y trágica donde las haya en la mitología griega— se manifiesta a través del cante. Y la guitarra de José Luis Montón teje, en directo, el hilo sonoro que sostiene toda la representación.
No se trata de un aderezo estético, sino de una decisión dramatúrgica que amplifica la dimensión emocional del relato. Como señala Manuel Canseco, el mérito de Guerrero Zamora reside en haber sabido "trasladar la acción y el conflicto de Electra a un cortijo andaluz, hacer a los personajes cercanos a nosotros, con pasiones perfectamente reconocibles hoy día". El director insiste en que esa concepción da lugar a "un espectáculo completo, en el que la acción dramática se ve complementada, de forma significativa, por el cante y el baile".
Un reparto coral para una tragedia coral
La producción reúne un elenco amplio en el que destaca la alternancia de cinco intérpretes —Alejandra Torray, Carolina Lapausa, Paula Colorado, Teresa Hernández y Gabriela Giménez— en el papel de Casandra, una decisión que subraya el carácter ritual y casi litúrgico de esa figura dentro de la obra. Junto a ellas, Juan Gea, María Garralón, Daniel Miguelañez, César Lucendo, Jaime Puente y Ainhoa Molina completan un reparto que convive en escena con el guitarrista José Luis Montón y el coro de Ibérica de Danza, verdadero motor coreográfico del montaje.
Dos trayectorias que sostienen el proyecto
Detrás de esta producción hay dos nombres con un recorrido que explica en buena medida la solidez de la propuesta. Manuel Canseco, una de las figuras más veteranas de la escena española, inició su andadura en el teatro independiente y se formó durante siete años junto a José Luis Alonso Mañes en el Teatro Nacional María Guerrero, antes de fundar su propia compañía en 1976. Desde entonces ha dirigido más de un centenar de montajes y ha estado al frente del Festival de Mérida, lo que lo convierte en uno de los directores con mayor autoridad sobre el repertorio clásico y grecolatino en España.
Ibérica de Danza, por su parte, aporta una mirada contemporánea sobre el patrimonio coreográfico español. Fundada en 1993 por Manuel Segovia y Violeta Ruiz del Valle, la compañía ha llevado su trabajo de investigación y reinterpretación a más de treinta países, y en Electra jonda encuentra un marco idóneo para integrar el movimiento en el corazón mismo de la acción dramática.
Una tragedia que sigue hablando en presente
Que un mito escrito hace más de dos milenios continúe encontrando nuevas formas de contarse dice mucho de su vigencia, pero también de la capacidad de quienes lo reinterpretan para no traicionarlo. Electra jonda no busca actualizar a la fuerza un clásico, sino demostrar que la tragedia, cuando se la despoja de artificio, habla el mismo idioma en cualquier época y en cualquier latitud: el de las pasiones que no admiten tregua. Quizá por eso, cuando se apaguen las luces sobre el cortijo andaluz y la guitarra de Montón dé paso al silencio, lo que quede en el espectador no sea tanto el mito como el eco de algo profundamente propio.
