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Patrimonio inmaterial Bolivia. Vida Tedesqui
Patrimonio inmaterial Bolivia. Vida Tedesqui
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La memoria no se archiva, se baila.

  • Entrevista a Vida Tedesqui, la guardiana del alma boliviana.

Hay encuentros que cambian la manera de mirar un país. Este es uno de ellos. Estamos en La Paz, a 3.600 metros de altura, donde el aire es tan delgado que las palabras parecen pesar más. Frente a mí, sentada con la sobriedad de quien ha caminado durante dos décadas por los laberintos de la memoria colectiva, está Vida Tedesqui. Socióloga, investigadora, gestora pública y, sobre todo, una mujer que ha hecho de la cultura viva su razón de ser. No vengo a entrevistar a una funcionaria; vengo a conversar con la persona que ha puesto cuerpo y alma para que las danzas, las máscaras, los bordados y las fiestas de Bolivia no sean pasto del olvido. Ella no guarda el patrimonio en vitrinas; lo hace latir en las calles, en los cuerpos, en la identidad de un pueblo que se niega a desaparecer. Hoy, con la emoción a flor de piel, desgranamos su vida, sus sueños y esa chispa indomable que la convierte en una de las voces más auténticas de la cultura latinoamericana.

1-Vida, cuando uno revisa su trayectoria, encuentra a una mujer que en 2007 siendo una jovencita ya irrumpía en la entonces Oficialía Mayor de Culturas de La Paz con el puntaje más alto de su promoción. ¿Qué sentía aquella joven al cruzar por primera vez esas puertas? ¿Miedo, vértigo o la certeza de que estaba en el lugar correcto?

Mirando atrás, creo firmemente que estuve siempre en el lugar exacto, aunque entonces no fuera plenamente consciente. Mi vida ha estado anclada en el universo de la expresión cultural desde mucho antes de que yo misma pudiera nombrarlo. No fue una elección repentina, sino una inmersión gradual, casi orgánica.

Esa vocación me llegó a través de mi madre, una artesana de manos incansables y alma creativa. Crecí a su sombra, acompañándola a cada taller, a cada rincón donde el cuero se transformaba, donde las telas cobraban vida y los hilos tejían historias. El repujado, el bordado, la textura… todo aquello era mi escuela silenciosa. Y en esa escuela, sin saberlo, se forjó mi atracción irrefrenable por la cultura en todas sus manifestaciones.

Recuerdo con nitidez el instante en que crucé por primera vez el umbral de la Oficialía Mayor de Culturas. No era un edificio cualquiera; para mí era un territorio sagrado, un lienzo en blanco donde intuía que se escribiría mi futuro. Sentí, de manera casi física, un deseo voraz de aprehenderlo todo. No solo de ver o de escuchar, sino de asimilar, de interiorizar cada proceso, cada gesto, cada decisión que allí se tomaba.

Porque tenía muy claro, desde ese primer día, una distinción fundamental que marcó mi propósito: una institución no genera cultura en estado puro—esa nace en la calle, en la tradición, en el pulso de la gente—, pero sí tiene la inmensa responsabilidad de gestionarla, de tejer los andamiajes para que pueda florecer y llegar a todos. Yo no quería ser una mera espectadora; anhelaba comprender esa maquinaria, dominar ese engranaje invisible que permite que el arte respire y trascienda. Esa era, y sigue siendo, mi gran aspiración.

2-Usted ha dedicado su vida a lo que llamamos «patrimonio inmaterial», esas expresiones que no se tocan pero se sienten: las danzas, las máscaras, la vestimenta de la chola paceña. ¿Qué significa para usted, en lo más profundo de su ser, ser la voz de esos silencios que bailan?

Me parece fundamental despejar, antes que nada, un equívoco recurrente: el patrimonio cultural inmaterial no puede, ni debe, reducirse exclusivamente a la danza. La propia UNESCO, organización a la que Bolivia se halla adherida, lo define en un espectro mucho más vasto y nutritivo: abarca desde las tradiciones y expresiones orales —incluido el idioma como vehículo de memoria— hasta las artes del espectáculo, pasando por los usos sociales, los rituales y los actos festivos, el conocimiento ancestral sobre la naturaleza y el universo, y las técnicas artesanales tradicionales. Son cinco grandes ramas que, sin embargo, lejos de funcionar como compartimentos estancos, se entrelazan y confluyen en una sola expresión viva.

Tomemos la danza como paradigma. En ella no solo habita el movimiento; en ella resuena la tradición oral que la nombra, se despliega el arte del espectáculo que la exhibe, se actualizan los rituales que le otorgan sentido y se materializa la artesanía—pienso en los bordados, en las texturas, en la minuciosidad de cada prenda—que la viste de identidad. Todo el universo cultural cabe, comprimido y palpitante, en un solo compás.

Pero regreso a la pregunta que me han formulado, esa que alude a las máscaras, a la vestimenta y a la encomiable —aunque quizá demasiado poética— misión de ser "la voz de esos silencios que bailan". Debo confesar que esa imagen me interpela con una belleza arrebatadora, pero también me detiene en seco. Atribuirme semejante título me resultaría no solo pretencioso, sino profundamente inexacto. No aspiro a ser la voz de nadie; no tengo la soberbia de creer que puedo hablar por los silencios ancestrales. Lo que sí puedo hacer —y es mi oficio, mi compromiso y mi pasión— es tender un puente a través de la investigación metódica.

Mi labor consiste en difundir y manifestar aquello que realmente se siente en el seno de estas expresiones culturales. ¿Cómo? Indagando en el origen de las danzas, rastreando su evolución, desentrañando las capas de transformación que el tiempo ha depositado sobre ellas. Investigo los rituales andinos que, en Bolivia y en gran parte de Sudamérica, sostienen una cosmovisión milenaria profundamente arraigada, una manera de habitar el mundo que a menudo se sincretiza con otras tradiciones para generar nuevas narrativas.Pongamos un ejemplo concreto: la Alasita —que en tiempos antiguos recibía el nombre de Chhalasita—. Esta no es una mera feria; es una expresión cultural inmaterial en estado puro, donde las artesanías en miniatura y los rituales de abundancia se funden en un solo acto de fe y esperanza. No estoy contando la voz de los silencios; estoy contando, a través del rigor de la investigación, cómo era, cómo es y cómo se ha tejido esta práctica a lo largo de los siglos.

Y es que, a menudo, las nuevas generaciones se enfrentan a esas grandes preguntas: ¿por qué sucedía esto? ¿cómo llegó a ser así? Son cuestiones que, lejos de quedar en el vacío, encuentran su revelación en la pesquisa académica y en el amor por las raíces. Eso es, en esencia, lo que hago: responder al asombro de los jóvenes con las herramientas de la memoria. Esa es mi trinchera, y en ella me reconozco.

Vida Tedesqui
Vida Tedesqui

3-Además de su labor en el gobierno municipal, usted es parte del Colectivo de Investigación Sociocultural «Jiwasa». ¿Qué significa esa palabra y qué aporta ese espacio a su visión del mundo?

 JIWASA nació de un encuentro fortuito entre compañeras que, habiendo egresado de la universidad hacía ya algún tiempo, sentíamos la necesidad de seguir tejiendo lazos más allá de las aulas. Fue así como dimos forma a este colectivo, y su nombre —JIWASA— no fue una elección casual, sino una declaración de principios. En su traducción más inmediata, del aymara al castellano, significa simplemente "nosotros". Pero para nosotras, esa palabra encerraba una hondura mucho mayor, una dimensión casi ritual: JIWASA conjuga, en su esencia, la muerte simbólica de los egos individuales para dar paso a una identidad colectiva.

Esa idea nos fascinó desde el primer instante. No se trataba de un "nosotros" complaciente o superficial, sino de un "nosotros" que exigía la renuncia a la voz única para abrazar la polifonía. Un nosotros capaz de contener y armonizar todas nuestras identidades —con sus tensiones, sus disidencias y sus afectos— para construir un entramado más robusto, más resiliente, más verdadero. Esa era la apuesta: disolver los contornos individuales para que emergiera una subjetividad compartida, más ancha y más fértil que la suma de sus partes.

Con esa filosofía como brújula, el grupo comenzó a reunirse periódicamente para abordar investigaciones, para compartir hallazgos, para dejarnos interpelar por los tiempos que corrían y por las preguntas que la historia, con su implacable fluir, nos iba planteando. Pero los caminos, como suele ocurrir, se bifurcaron. No por desencuentro, sino por la riqueza de las miradas.

Cada una de nosotras fue encontrando su propia trinchera dentro del vasto territorio de lo social y lo humano. Yo, por mi parte, me consagré con absoluta devoción a la investigación cultural, a desentrañar los códigos simbólicos que dan forma a las identidades. Otra de mis compañeras, socióloga de formación, orientó su mirada hacia el fenómeno de la migración, siguiendo las huellas de quienes se desplazan y reconfiguran su existencia en tierras ajenas. Y hubo también quien puso su foco en la tierra y el territorio boliviano, en esa relación sagrada y a menudo conflictiva entre los pueblos y el suelo que los sostiene.

Así, JIWASA no se diluyó; se ramificó. Cada una de nosotras llevó consigo aquella semilla colectiva y la plantó en su propio campo de indagación. Y aunque hoy nuestros derroteros sean distintos, sigue latiendo en cada investigación aquella convicción fundacional: que el conocimiento, como la identidad, se construye mejor cuando renuncia al monocultivo del yo para abrazar la exuberancia del nosotros.

4-Entre sus múltiples publicaciones, hay una que me llega al corazón: Los Bordadores de Morenada. Estética y Discursividad Social. ¿Qué le enseñaron esos hombres y mujeres que bordan con hilos de colores las historias de la fiesta?

Fue precisamente esa mirada ausente la que quise interpelar con mi investigación, un trabajo apoyado por la AECID que me permitió adentrarme en el universo de los bordadores. No solo quería documentar sus técnicas; anhelaba comprender cómo, a través de sus agujas e hilos, estos artesanos tejen relatos completos en cada prenda. Porque un traje bordado no es mero atuendo: es un pergamino textil donde se inscriben memorias, pertenencias y cosmovisiones.

Para ello, realicé entrevistas a diferentes bordadores y di forma a un texto de investigación que titulé Los bordadores de morenada: estética y discursividad social. Fue en ese proceso donde hallé el hallazgo más revelador y, al mismo tiempo, más inquietante. Pude constatar cómo estos artesanos, muchos de ellos herederos de tradiciones familiares que se remontan a generaciones, han ido plasmando su oficio a lo largo del tiempo. Pero no lo han hecho en el vacío: lo han hecho en respuesta a una demanda que ha crecido de manera exponencial. Si antaño recibían encargos de cien trajes, hoy el mercado les exige mil. Y esa vorágine, esa presión desmedida, ha transformado la esencia misma del bordado.

La modernidad y la globalización, con su doble filo, han irrumpido en los talleres y han reconfigurado los tiempos y los modos. Los bordados de antaño —aquellos que eran verdaderos tapices de minuciosidad y símbolo— se distinguían por una profusión de detalles que solo el tiempo y la paciencia podían alumbrar. Sin embargo, el exceso de mercado, esa lógica implacable que todo lo devora, ha impuesto su ritmo. Hoy, los bordados se han simplificado. La urgencia ha suplantado a la contemplación, y la cantidad ha vencido a la calidad narrativa.Y aquí está la paradoja más dolorosa: lo que antes era un relato —cada puntada una palabra, cada hilo una frase— hoy parece haberse convertido en mera vistosidad. El bordado ya no cuenta historias con la misma densidad; más bien se ha vuelto un artificio de apariencia, un destello superficial que busca deslumbrar desde fuera, pero que ha perdido esa voz íntima que antes susurraba desde el interior de cada prenda. Eso, en esencia, fue lo que aprendí: que el mercado, al democratizar el acceso, puede también despojar de su alma a las tradiciones más sagradas. Y que el verdadero desafío, quizá, sea recuperar ese hilo perdido que une la aguja con la memoria.

5-Usted ha sido editora y coautora de obras fundamentales sobre el patrimonio paceño. Pero, más allá de los títulos, ¿cuál es el momento que más la ha marcado en estos casi veinte años de trabajo de campo?

Diecinueve años. Casi dos décadas de trayectoria profesional, de las cuales dieciocho he dedicado, con entrega absoluta, a la dirección de un concurso municipal de investigación para jóvenes. Y si algo me ha marcado profundamente, si hay una experiencia que ha dejado una huella indeleble en mi ser, ha sido precisamente esa: la posibilidad de acompañar —si me permiten el término— a quienes están dando sus primeros pasos en la arena de la investigación.

El certamen se llama "Nuestra Historia desde Miradas Jóvenes", y su esencia es tan sencilla como poderosa. Cada año proponemos un tema de investigación diferente, una nueva pregunta que convoca a los jóvenes a sumergirse en las entrañas de su propia realidad. Ellos deben convertir ese tema en una investigación rigurosa y, al mismo tiempo, vibrante. Pero lo que más me conmueve, lo que realmente me llena de orgullo, no es el formato ni los resultados académicos. Es lo que ocurre en el proceso.

Porque he visto, en innumerables ocasiones, a jóvenes que llegan al concurso sin un rumbo claro. Están terminando el colegio y el futuro se les presenta como un abismo de incertidumbre. No saben qué estudiar, no saben hacia dónde dirigir sus pasos. Y entonces, sumergidos en la investigación, comienzan a descubrir no solo la historia de su ciudad —sus conflictos sociales, sus vivencias matutinas, sus contradicciones y sus luces— sino también su propia vocación.

Algunos de ellos, después de participar en el concurso, han decidido estudiar Ciencias Sociales. Otros han optado por la Historia, la Antropología o la Sociología. Es como si, al indagar en las raíces de su entorno, hubieran encontrado también las raíces de su propio deseo. Y esa transformación, ese despertar de una vocación que quizá dormía en ellos sin saberlo, es para mí la mayor recompensa. Ver cómo una pregunta de investigación puede cambiar el rumbo de una vida, cómo el conocimiento de la memoria colectiva puede iluminar el camino de una existencia individual... eso, sencillamente, no tiene precio.

Eso es lo que más me ha marcado en estos diecinueve años: no los premios ni los reconocimientos, sino esa chispa que enciende la mirada de un joven cuando comprende que la historia no es un relato lejano, sino una historia viva de la que él mismo forma parte. Y que, quizá, su lugar en el mundo esté precisamente en seguir indagando, en seguir preguntando, en seguir siendo esa mirada joven que se atreve a mirar el pasado para construir el futuro.

6-Su carrera es un ejemplo de tenacidad. Pero también sé que ha enfrentado obstáculos, incomprensiones, tal vez techos de cristal en una administración pública aún muy masculina. ¿Cómo ha logrado mantener su esencia emprendedora sin amargarse?

No tengo por qué amargarme. Esa es quizá la primera decisión que tomé hace años y que sigo renovando cada mañana. Porque, más allá de los prejuicios, de los espacios que se nos niegan o de las miradas que nos evalúan, hay una verdad que he aprendido a honrar: el trabajo es la voz de lo que uno es. Es nuestra carta de presentación ante el mundo, el testimonio tangible de nuestra integridad y nuestra entrega.

He oído decir que el ámbito de la investigación cultural es un terreno predominantemente masculino. Puede que lo sea para algunos. Para mí, sin embargo, nunca ha sido un obstáculo. Porque cuando una mujer tiene seguridad en lo que hace, cuando sabe que su conocimiento y su oficio la respaldan, las barreras de género se desvanecen. No es que no existan; es que dejan de tener poder sobre ella. Jamás he sentido que mi condición femenina fuera un límite. Al contrario, he tratado siempre de destacar en cada una de mis empresas, no por soberbia, sino por convicción: un buen trabajo no entiende de géneros, ni de edades, ni de orígenes. Si lo haces bien, eso es lo que habla por ti. Esa es tu única y verdadera bandera.

Pero si he de ser honesta, el verdadero desafío no ha venido de fuera, sino de dentro. Hace diecinueve años —casi dos décadas— recibí un diagnóstico que cambió mi vida: esclerosis múltiple. Una enfermedad neurodegenerativa que, con el paso del tiempo, me ha ido arrebatando pequeñas porciones de lo que antes podía hacer sin esfuerzo. Cada año, cada mes, la enfermedad me exige un reajuste, una nueva manera de habitar mi cuerpo y mi tiempo.

Y ahí sí, reconozco que hay una pérdida. Una herida que no siempre se ve, pero que se siente. Antes, por ejemplo, participaba activamente en la Feria Dominical de Culturas. Tenía un espacio propio donde invitaba a artesanos, pintores, ceramistas, para mostrar y demostrar lo que es el patrimonio cultural inmaterial. Era un lugar de encuentro, de intercambio, de vida. Pero el cuerpo, implacable, me fue restando fuerza. Ya no puedo hacerlo. Esa ausencia, esa limitación, ha sido quizá el mayor obstáculo que he enfrentado. No por el qué dirán, sino por lo que ya no puedo compartir.

Sin embargo, no me he rendido. Y no pienso hacerlo. Porque la esclerosis me ha quitado movilidad, pero no ha tocado mi voluntad. Sigo buscando otras maneras, otras rutas, otras estrategias para emprender, para crear, para estar presente en los espacios que me apasionan. Si no puedo estar en la feria, buscaré otro escenario. Si no puedo caminar, encontraré otra forma de llegar. Porque la discapacidad, por muy dura que sea, no define quién soy. Define, a lo sumo, cómo me adapto. Pero mi esencia, mi deseo de aportar, mi necesidad de construir cultura... eso permanece intacto.

Esa es, en el fondo, la batalla que libramos todos los días quienes vivimos con una enfermedad invisible: la de seguir dando lo mejor de nosotros, incluso cuando el cuerpo nos pide tregua. Y aunque a veces el camino se estreche, aunque me duela no poder hacer lo que antes hacía, sigo creyendo que hay un lugar para mí en este mundo de la cultura. Solo tengo que seguir buscándolo. Y, mientras lo encuentro, seguiré trabajando. Porque el trabajo, como dije al principio, es mi carta de presentación. Y mi carta, a pesar de todo, sigue estando llena de vida.

7-En un mundo que corre hacia lo digital, lo efímero, ¿cómo convence a las nuevas generaciones de que el patrimonio inmaterial es relevante?

Evidentemente, es relevante. Y esa relevancia me trae a la memoria una frase que ha atravesado generaciones, un axioma que resuena con la fuerza de una verdad incómoda: "Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla". Pero yo añadiría una variación, una extensión necesaria para nuestro tiempo: los jóvenes que no conocen su cultura están condenados a navegar con identidades frágiles, como barcos sin ancla en un mar de estímulos efímeros.

Porque la identidad no es un accidente ni un don caído del cielo. Es un tejido que se construye desde el conocimiento del entorno, desde la inmersión en las expresiones culturales que nos han precedido y nos han dado forma. No se trata de mirar hacia afuera con admiración irreflexiva, de maravillarse con lo ajeno mientras se desconoce lo propio. Se trata, más bien, de reconocer que las danzas, los rituales, las artesanías, los bordados que se gestan en nuestra ciudad y en nuestro municipio no son meros adornos del pasado: son las coordenadas de nuestra pertenencia.

Conocerlas y comprenderlas puede fortalecer identidades que, de otro modo, se diluirían en la inmediatez de lo digital, en la vorágine de lo superficial. Por eso, precisamente, estamos impulsando cursos de enseñanza sobre patrimonio inmaterial dirigidos a los más jóvenes, a los niños de los colegios. Queremos que ellos puedan descubrir, con sus propios ojos y sus propias manos, la textura de su herencia cultural.

Pongamos un ejemplo concreto, el de las entradas folclóricas. Con demasiada frecuencia, el espectador se queda prendido en el movimiento, en la coreografía, en el bullicio festivo. Pero no ve los detalles que lo sostienen todo. No ve el bordado minucioso que narra historias ancestrales en cada puntada. No ve la matraca que marca el compás de la tierra. No ve la máscara que encarna otros rostros, otras voces, otras temporalidades. Y sin embargo, si uno tiene la oportunidad de acercarse, de tocar, de preguntar, de ver de cerca cómo se teje cada elemento, entonces la mirada se transforma. Lo que antes era un espectáculo se convierte en un texto. Lo que era ruido se vuelve lenguaje. Lo que era folclore se revela como memoria viva.

Esa es la apuesta: que los jóvenes puedan acercarse a esos detalles, que puedan comprender que cada bordado es una escritura, que cada máscara es un personaje, que cada danza es un relato. Porque solo cuando se conoce el espesor de lo propio, se puede valorar con justicia la riqueza de lo que se tiene. Y solo entonces, quizá, las identidades dejen de ser frágiles y se vuelvan robustas, capaces de sostener el peso del pasado sin desmoronarse ante el vendaval del presente.

8-Si tuviera que definir su legado en una frase, ¿cuál sería?

Si tuviera que definir mi legado en una frase, no sabría si encontrar las palabras exactas, las que han sido pulidas por la literatura o la retórica. Pero si me permito hablar con el corazón, con la voz que me ha acompañado en este camino, diría que mi legado se resume en tres verbos que han sido el motor de todo lo que soy: atreverse, emprender y conocer.

Atreverse a saber. Atreverse a preguntar cuando todos parecen tener las respuestas. Atreverse a mirar más allá de lo evidente, a desconfiar de las primeras impresiones, a hurgar en los silencios de la historia y en los pliegues de la memoria. Porque el conocimiento no es un destino, es un acto de valentía.

Emprender, en segundo lugar. No solo en el sentido de crear proyectos o iniciar empresas, sino en el más profundo: atreverse a dar nuevas formas de identificación, a proponer otras maneras de mirar el mundo, a tejer caminos donde antes solo había tierra baldía. Emprender es también, y sobre todo, atreverse a ser uno mismo en un mundo que constantemente nos invita a ser otros.

Y conocer, finalmente. Conocer no como acumulación de datos, sino como inmersión, como diálogo con el otro, como humildad ante lo que no sabemos. Conocer es investigar, sí, pero también es escuchar, es dejarse interpelar por las historias que nos preceden y nos sobrepasan. Es entender que el conocimiento no es un trofeo que se posee, sino una relación que se cultiva.

Ese es mi legado: no una obra, no un título, no un reconocimiento. Es una invitación. Una invitación a que otros —jóvenes, sobre todo— se atrevan, emprendan y conozcan. Porque en esa tríada, en ese ciclo virtuoso, está la semilla de una vida plena. Y quizá, solo quizá, si logro que alguien más se sume a ese viaje, mi paso por este mundo habrá valido la pena.

Gracias,

Cuando apagamos la grabadora del smarphone, Vida Tedesqui me regala un ejemplar de su última publicación sobre el barrio de Sopocachi. Lo abre por una página donde hay una foto antigua de una chola con su sombrero de ala ancha. «Esa es mi bisabuela», me susurra. Y en ese instante comprendo que su trabajo no es profesionalismo frío; es amor filial, es memoria viva, es resistencia.

Mientras me despido, veo a lo lejos el Illimani cubierto de nieve, inmutable, testigo de siglos. Y pienso que, gracias a mujeres como Vida, esa montaña no solo es piedra, sino también relato. Ella es, sin duda, una de esas almas que convierten la cultura en un abrazo eterno. Bolivia tiene suerte de tenerla. Y nosotros, los que contamos historias, también. Porque ella nos recuerda que el patrimonio no es pasado: es un latido que sigue sonando, aquí y ahora, en cada paso de danza, en cada hilo bordado, en cada sonrisa que se niega a olvidar. Gracias, Vida, por enseñarnos que custodiar la memoria es el oficio más hermoso y más revolucionario.

Por José Luis Ortiz Güell