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Miradas que importan: cine, identidad y realidades urgentes en el 29o Festival de Málaga.

Fotografías Carlos H Ramos

El Festival de Málaga no solo funciona como escaparate del cine español, sino también como un espacio donde las historias dialogan directamente con el presente. En esta edición, varias propuestas han coincidido en un mismo eje: la necesidad de cuestionar la mirada, desmontar prejuicios y dar visibilidad a realidades que siguen siendo incómodas.

Desde relatos sobre identidad hasta historias marcadas por la  migración o la discapacidad, el cine se reafirma aquí como una herramienta no solo narrativa, sino también social.

Hetero: un viaje necesario hacia la identidad

Si hay un proyecto que se construye desde lo colectivo, ese es Hetero, la película dirigida por Fran Campos, que llega al 29º Festival de Málaga como una propuesta emocional y necesaria.

“Es una película necesaria, habla del entendimiento, del respeto y de la importancia de conocerse y encontrar la propia identidad”, explica su director. Y en esa idea se sostiene todo: una historia que, aunque se enmarca dentro del cine LGTIB+, trasciende etiquetas para hablar de algo mucho más universal.

“Muchas veces los prejuicios vienen de fuera, pero los acabamos generando nosotros mismos”.

La película se adentra precisamente en ese conflicto interno, en ese diálogo silencioso que muchas veces pesa más que cualquier juicio externo.

El proyecto, sin embargo, no se entiende sin su equipo. Desde el primer momento, la sensación compartida fue la de estar ante algo especial. Fran Burgos lo resume desde un lugar muy claro: las ganas de hacer cine y de construir junto a Campos.

Para Adrián Vereda, el guion ya contenía todo:

“Solo con leerlo ya veías la potencia que iba a tener”.

Una certeza que también aparece en las palabras de Alba Novoa:

“Era un proyecto muy personal, y esos son los que hay que apoyar”.

Pero quizás uno de los hilos más honestos del proyecto lo aporta Ariel Mena:

“Yo no me lo creía…pero él confió en mí”.

Esa confianza atraviesa todo el equipo y se traduce en algo difícil de fingir: verdad.

Mariví Carrillo, por su parte, lo expresa sin matices:

“No le quitaría ni una coma”.

Su personaje, además, encarna uno de los lugares más incómodos de la historia: la no aceptación. Un papel complejo que se sostiene desde la emoción y no desde el juicio.

Uno de los grandes aciertos de Hetero es su apuesta por la naturalidad. No hay artificio en sus personajes, sino humanidad.

“Queríamos personajes que pudieras ver en la calle”.

Y ahí reside su fuerza: en lo reconocible, en lo cercano, en lo vivido.

La música, de la cantante Sandra Criado, amplifica ese universo emocional. Su proceso creativo nace desde lo íntimo:

“Ha sido una forma de liberar un dolor que tenía dentro”.

Una conexión que termina de cerrar el círculo de una película que no solo se interpreta, sino que se siente.

Cuando se les pide definirla en una palabra, el equipo habla de libertad, necesidad, reflexión, reparación. Conceptos que no solo definen la película, sino también el proceso que hay detrás.

Y en ese proceso - hecho de confianza, entrega y una forma muy concreta de mirar el cine - hay algo que se percibe incluso sin decirse: cuando un  equipo encuentra ese lugar común, lo que ocurre en pantalla deja de ser únicamente ficción.

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Secretos de Dublín: entre la necesidad y la elección.

Los secretos de Dublín, dirigida y protagonizada por Pedro Carrillo, aborda una de las realidades más presentes en la actualidad: la emigración forzada por la falta de oportunidades.

Rodada entre Málaga y Dublín, la película construye una narrativa marcada por la crudeza y los límites morales, alejándose de cualquier idealización.

La historia sigue a Nacho, un joven que se traslada a Irlanda con la intención de ofrecer un futuro mejor a su hijo, enfrentándose a un entorno que pone a prueba sus valores y decisiones.

El propio Carrillo reconoce la influencia de su experiencia personal en la construcción del personaje, aunque sin plantear la película como un relato autobiográfico.

Mica Grieco destaca también esa conexión con la realidad, especialmente tras haber vivido en Irlanda durante el proceso del proyecto, lo que le permitió comprender mejor el contexto del personaje.

Por su parte, Alex Jiménez subraya que se trata de una situación frecuente:

“Es una realidad muy habitual en España”.

Uno de los elementos más relevantes de la película es su representación de un Dublín alejado de la imagen idealizada, mostrando un entorno más complejo, multicultural y, en ocasiones, hostil.

La narrativa se articula en torno a una pregunta central: hasta qué punto el protagonista es víctima de sus circunstancias o de sus propias decisiones.

“Es víctima de sí mismo”, apunta el director.

Una afirmación que resume el conflicto principal de la historia, donde las decisiones personales y el contexto se entrelazan constantemente.

A  pesar de la dureza del relato, el equipo coincide en el objetivo final: que el espectador conecte con la historia y disfrute la experiencia, entendiendo el cine como un espacio de emoción y reflexión.

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(Actor Alex Jiménez, actriz Mica Grieco, director y actor Pedro Carrillo)

Todos los colores: desmontar la mirada

La directora Beatriz Silva presenta “Todos los colores” como una historia de superación que, más allá de su tono de comedia adolescente, propone una reflexión directa sobre la forma en la que miramos a los demás.

Su punto de partida es claro: cuestionar los prejuicios.

“Intentar aprender a mirar a las personas por lo que son y no por prejuicios”.

La película pone el foco en cómo la sociedad tiende a reducir a las personas a su circunstancia, especialmente en el caso de la discapacidad. Silva plantea una idea sencilla pero reveladora: mientras ciertos elementos, como unas gafas, se perciben como neutros, otros – como una silla de ruedas – condicionan automáticamente la mirada.

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(Actriz Mafalda Carbonell, directora Beatriz Silva, deportista paralímpica y actriz Eva Moral)

Desde ahí, la propuesta no busca dramatizar, sino normalizar.

“Es simplemente una circunstancia…la persona está ahí, tiene una vida”.

La intención final es que el espectador salga con una reflexión activa, que le obligue a replantearse esa mirada automática y, en palabras de la directora “abrir un poco la mente y el corazón”.

En esa misma línea se sitúa Eva Moral, quien interpreta a Laura y aporta una perspectiva especialmente relevante desde su propia experiencia:

“Llevo 13 años luchando porque la mirada de las personas cambie hacia nosotros”.

Su personaje, que evoluciona desde una actitud más dura hacia una mayor empatía, refleja precisamente ese recorrido que la película propone al espectador. Para Moral, uno de los aspectos más destacados del proyecto es cómo abordar la discapacidad desde la naturaleza, alejándose de los enfoques más estereotipados.

“Me gustaría que el público aprendiera a mirar más allá de las apariencias”.

Por su  parte, Mafalda Carbonell construye un personaje que combina energía  y vulnerabilidad, representando con fidelidad las contradicciones propias de la adolescencia.

“Es un personaje muy complejo…con esa parte gamberra y también vulnerable”.

El resultado es una película que no busca moralizar, sino provocar una reflexión honesta en el espectador.

AVA: cuando la ficción deja de ser ficción.

El recorrido del artículo culmina con AVA, la novela de Mabel Lozano, presentada en distintos espacios culturales y concebida como mucho más que una obra literaria: una denuncia directa.

Publicada en 2025, la novela combina thriller y realidad para adentrarse en uno de los problemas más graves y silenciados de nuestro tiempo: la trata y la explotación sexual de mujeres y niñas.

La historia sigue a una mujer que, tras adoptar a una niña marcada por la violencia, se enfrenta a una verdad incómoda: el pasado no desaparece, y los sistemas que permiten estas realidades siguen activos. AVA expone cómo los explotadores ya no responden a estereotipos evidentes, sino que operan desde la manipulación emocional, infiltrándose en la vida de las víctimas con falsas promesas.

Lo verdaderamente impactante es que no se trata de un escenario lejano o excepcional. La obra pone sobre la mesa problemas actuales que, lejos de resolverse, siguen creciendo: redes de explotación invisibles, normalización del consumo, y una estructura social que, en muchos casos, mira hacia otro lado.

En este sentido, el discurso que acompaña a la obra – y que la propia autora lleva años defendiendo – resulta contundente: si la demanda existe, el sistema se mantiene. Y eso convierte el problema en algo colectivo, estructural y profundamente incómodo.

AVA no busca suavizar la realidad, sino exponerla. Es una historia de dignidad y resistencia, pero también un espejo que obliga a mirar de frente aquello que muchas veces se prefiere ignorar. Una obra necesaria que no ofrece soluciones fáciles porque, precisamente, habla de problemas que hoy siguen sin tenerlas.

Una mirada sobre el presente.

Desde la identidad hasta la migración, pasando por la discapacidad o la explotación, todas las historias recogidas en este recorrido comparten un mismo punto de partida: la necesidad de mirar de otra manera.

Cada proyecto, desde su lenguaje y su formato, plantea preguntas más que respuestas. Invitan a incomodarse, a cuestionar lo aprendido y, sobre todo, a escuchar.

Porque, en el fondo, todas estas historias hablan de lo mismo: de entender al otro sin prejuicios, de asumir la complejidad de la realidad y de reconocer que todavía queda mucho por cambiar.